miércoles, 21 de agosto de 2013

¿Y si hay que morirse?

Pues uno se muere y ya. Eso no hay problema. Y una se puede morir de cualquier cosita... del susto, de la ansiedad, en un accidente, de cáncer en el endométrio, de una pinche infección, de una caída de una pinche grada... de amor. 

Siempre he pensado que morirse no es el problema. Ya lo dije, una se muere y ya. El problema es cuando los demás se mueren.

Desde el viernes pasado he tenido sentimientos y pensamientos mortuorios, en una madrugada de esas, mientras compartía la cama con Miguel, me vino a la mente una pregunta... ¿cómo debemos despedirnos? en ambos casos: si vos sos la que te vas a morir o si se te muere un amor; y cuando digo "amor" no me refiero solo al hombre que estaba a mi lado en ese momento, sino a toda esa gama de amores que una tiene: amigas entreñables, hermanas que no entendes, sobrinos que se delatan con su alegría, de los papás. 

Esta mañana ha quedado claro: no estamos listos para hablar de la muerte, de ese momento tan doloroso y tan angustiante que solo dura unos segundos antes de concretarse. Hace casi un año, un tío político murió, sus hijos, los que compartió con mi tía, hermana de mi papá, son los primos que más cerca han estado toda la vida, crecimos juntos, fuimos al colegio juntos, vivimos juntos incluso grandes episodios históricos: terremotos, guerra, muerte de los abuelos. Pues mi tío, se llamaba Alfonso, un día cualquiera salió de su casa, dejó a su mujer (su tercera pareja estable) y fue a reunirse con David (quien no solo es mi primo más querido, sino mi compadre pues compartimos a Sebastián como ahijado), estaban saludándose padre e hijo esa mañana cuando le dio un infarto. Murió 45 minutos después en brazos de su hijo más querido a las puertas de un hospital nacional y de fondo mi madre quien estaba esperando su llegada con un contingente de doctores. Todo fue en vano. 

Recuerdo que yo estaba en Suchitoto para entonces y mi hermana me llamó para darme la noticia, me sentí conmocionada, tanto como ayer, cuando leí en un periódico nacional que habían asesinado a un ex jefe que tuve. La vida es tan frágil. De hecho esa es la razón por la que nos morimos, somos finitos. 

Suelo no tenerle miedo a la idea de la muerte, pero más que todo no temo a mi propia muerte, tal vez la espero como una especie de descanso a este trajín diario y que ya lleva casi treinta y seis años dándome lata. No temo a mi propia muerte. 

Sin embargo, en estas últimas 48 horas, en las que he recordado el funeral de mi tío... recordé a su recién estrenada viuda (no sé si el término es ese, no estaban casados) sentada en un rincón de la funeraria, todas las personas que llegábamos abrazábamos a mis cuatro primos, algunos rezaban y otros nos entreteníamos a fuera de la capilla mortuoria, mientras ella, la reciente viuda, ataviada de negro riguroso, lloraba silentemente, solitariamente y nadie le daba el pésame, nadie le preguntaba si necesita algo, todos la ignoraban. Ese recuerdo sumado a la imagen que tengo de la última vez que hablé con el recién asesinado ex jefe, cuando le dije que si no ordenaba sus finanzas el negocio que tenía se iba ir de pique e inmediatamente me fui, porque no creía que pudiera salvarse nada de aquel universo caótico de libros y muertos han hecho que estas horas de pre-luto en mi vida hayan sido pesadas. 

No temo mi propia muerte, pero cuánto temo a la ajena. A ese momento de silencio que presiento que se acerca. Mi madre no ha colaborado, desde el domingo me está diciendo que "debemos hablar" y sé a qué se refiere. La muerte tiene elementos que debemos preparar siempre con antelación, para que preguntas como: ¿dónde? ¿cómo? y ¿cuánto?, no sean un problema. 

Esta mañana fui al hospital de nuevo, no es por mí. Mi papá otra vez está ahí y ahora comprendo (un poco) por qué me he estado sintiendo tan triste últimamente, es como si me hubiera estado preparando para algo que está por llegar. 

¿Y si hay que morirse? Pues si, todos nos vamos a morir en algún momento, solo que ahorita es difícil pensar en eso.

2 comentarios:

Edgar Rosas dijo...

Después de los 30 años suelo aceptar cualquier muerte sin problemas, antes de los 30 me da un poco de cólera y rabia.

KR dijo...

Siempre la muerte nos trae un poco de conflicto, más que todo cuando amamos a la persona que está cerca de ella o que ya realizó esa transición a "difunto".

En general siempre he creído que es un proceso lógico y temporal. Eso no signifique que no duela en algún lugar del ser.

En fin... es de ser valientes, supongo.

Por cierto, mi papá está mejor, digamos.