miércoles, 15 de octubre de 2014

El amor en tiempos del terremoto...

o 60 segundos que no son aptos para acordarse que se está sola.

Debo hacer una introducción a este texto: desde mis 8 años temo a los temblores. Me dan pánico.

El primer terremoto del cual tengo consciencia es el del 86, estaba en segundo grado y tuve que ver el edificio del colegio donde estudiaba en estado ruinoso. Ese día, el 10 de octubre de hace 28 años mi mamá se salvó de morirse en el derrumbe del edificio Rubén Dario. Aquel día no fue a trabajar y me había prometido llegar a traerme al colegio al mediodía y llevarme a comer sorbete. Cuando tembló, iba hacia el colegio a cumplir su promesa. Claro, no comimos sorbete, pero abrazarme a su cintura me dio la certeza que no importaba cuánto se moviera la tierra, en medio del caos y el pánico que me tocó vivir aquel mediodía, viendo a miles de niños y niñas llorando del susto, profesoras esforzándose por no perder los estribos y bachilleres organizándonos en grupos para sentarnos en la cancha central del colegio y rezar, no importaba nada de eso, abrazarme a ella me dio la certeza de que estaba segura.

Luego la vida me tuvo que enseñar, ya siendo profesora, a calmarme, a no llorar, a abrazar a otros niños y adolescentes a la hora de la emergencia cuando la tierra volvió a soltarse en el 2001, dos veces. El rector del colegio, donde antes había estudiado y que en ese momento me daba trabajo, en su sabiduría me curó la histeria de la mejor manera: me puso a cargo de una función en los comités de emergencia. Siempre he pensado que eso, darle una responsabilidad a alguien, le cura a cualquier los miedos, las inseguridades y también la pendejez. A cualquiera. Así que fue así que aprendí a contenerme y no salir corriendo y ver que los alumnos se organizaran para no acabar lastimados y atender a los pequeños que no tienen control de sí y terminan llorando como cuando yo, a los 8 años, terminé llorando sin terminar de entender por qué esta tierra parece hamaca. Nuevamente, abrazarme a otras personas calmaban a mi corazón.

Segundo acto

El lunes llegué temprano a mi casa, hice lo que me gusta.. cené y me quedé viendo televisión. Jugué con Tolstoi y noté que andaba todo inquieto, como escondiéndose, cuando salía andaba buscando pleito conmigo, recordé que no lo he llevado a su castración y supuse que su violencia era generada por el torrente de hormonas.

9:51 p.m.

Cuando empezó a temblar no me alarmé (tanto), pero al ver que no paraba, que iba en aumento, me puse de pie y caminé hacia la puerta de la sala, a penas son unos cuantos pasos, pero era difícil darlos. Tolstoi había salido de su escondite y estaba en medio de mis piernas, tratando de sujetarse a mi piel y maullaba a gritos, yo también quería gritar, pero ¿a quién? Estaba sola.

El ruido de las cosas al caer, las mamás arriando a los hijos, los hombres en histeria colectiva regañando a todo los que se les pusiera en frente, las llaves de las puertas de los pasillos del edificio sacando el pasador, el tropel de gente corriendo por las gradas, todo eso me recordó que estaba en la segunda planta y recordé el instante en que decidí vivir en un edificio de cuatro plantas... me odié.

Todo esto en sesenta segundos, cuando logré caminar, seguía temblando yo. Llegué a la puerta del apartamento y me costó abrir porque el temblor la desniveló, cuando al fin pude, vi a mi vecina, cartera en mano, enfundada en pijama y con cara de espanto. Jamás habíamos cruzado palabra, pero en ese instante me dijo "niña, salga... hay que bajar". Entonces fue cuando pensé... "fue un terremoto".

Regresé al apartamento, levanté el teléfono y marqué a casa de Miguel, a la casa de mi mamá, las líneas totalmente caídas, fui a buscar la maleta para meter a Tolstoi y a buscarlo, tuve que sacarlo a arrastras de debajo de la cama y lo metí a su maleta. No quería, luchó y me pegó un par de arañazos en defensa propia, tuve que gritarle para que se calmara, o para calmarme y terminé de meterlo a la fuerza, cerré y tomé mis llaves. Cuando volví a salir al pasillo, vi que mi vecina iba pasando frente a mi apartamento, en un extraño deja vú, solo que ahora se había cambiado la pijama y vestía pantalones y una camiseta, bajamos. Creo que fuimos las últimas.

Abajo había caos: un par de mujeres lloraban, las mamás abrazaban a sus hijos pequeños, los adolescentes reían nerviosamente y hablaban gritando y algunos hombres mostraban la serenidad requerida para ser padres de familia. Uno chineaba a una niña de pocas semanas de nacida, al fin conocí a la bebé que nos desvela con su llanto a media madrugada. Ahora dormía. Yo no tenía a nadie a quien abrazarme. No sé si del miedo o de soledad pero hice lo que el instinto me mandó, empecé a caminar hacia la calle. Caminé, con suerte la energía eléctrica no se fue y había luz, patrullas y ambulancias se movilizaban con sirenas y luces abiertas. Abundante gente en la calle, no me dio miedo o creo que ya no me quedaba. Los vigilantes de la fábrica cercana estaban todos en la calle, rifles en mano, pero más que a la defensiva, abrazándolos, yo abrazaba la maleta de Tolstoi. Cuando mi mente se despejó un momento caí en la cuenta que caminaba en rumbo a la casa de la única persona con la que puedo contar en un kilómetro a la redonda, Miguel.

Me detuve. Vi la calle que a esa hora es tan oscura y sola, ahora estaba iluminada y la gente en la calle la mantenía en con suficiente ruido como para volverse a asustarse, no por ellos, pero volví a asustarme. ¿Cómo llegaría ahí? Seguramente él estaba ocupado en consolar o serenar a sus hijas, en ver que su primogénito regresara a salvo a casa y que el buen G. saliera de casa porque seguramente le habría dado hueva salir o al contrario... estaría con el estoico aspecto de los adolescentes callados, pero por dentro asustado. Me regresé. Supe que no podía irrumpir.

Es difícil sentirse sola, no tener a quién abrazarse. Al menos a otro ser que no solo diga miau. Cuando ya estaba de nuevo frente al edificio me di el lujo de llorar. Las primeras noticias empezaban a circular en voz alta... 7 punto y algo, con epicentro en oriente. Pensé en mi hermana que vive en Ilobasco, luego en mi familia, que estaba segura que estaban más lejos del epicentro y pensé en Miguel y sus cuatro pollitos. Pensé también en mi y en lo estúpida que soy. Por sentir miedo, por sentirme sola y por no saber qué hacer a la hora de las emergencias; me metí las manos en la bolsa y me di cuenta que solo tenía veinticinco centavos y las llaves. Solo eso. Ni identificación, ni nada que me ayudara en caso de que temblara fuerte de nuevo. Ahí estaba, cuando las lágrimas al fin se me soltaron. Es feo sentir desamparo. En eso empezaron a caer grandes gotas de lluvia y noté que alguien me hacía señales desde el parqueo de abajo de los edificios, era mi vecina... "Vecina, vecina... véngase para acá" me gritaba... caminé hacia aquella desconocida y al llegar me dijo con seriedad y un poco de molestia... "¿Qué se había hecho? Estuve buscándola... no entre al edificio, pueden haber réplicas, vámonos para el carro, más que ya empezó a llover".

No la abracé porque sigo sin poder tener actos de afecto con desconocidos, pero ganas no me faltaban.

Tolstoi y yo encontramos con ella un rato de consuelo y un lugar seco y cerrado para pasar la lluvia. Ella, mi vecina, también vive sola. Ella pudo hablar con su familia y me ofreció su celular para contactar a la mía, pero fue inútil. Nos quedamos conversando, cuando vimos que todos los vecinos habían entrado a sus apartamentos, también nosotras regresamos.

Tolstoi durmió en su maleta, por si tocaba salir corriendo de nuevo en la madrugada, yo no pude dormir, hasta entrada la noche pude hablar con Miguel y con mi papá. Luego las amistades más cercanas se acercaron más vía internet. Fui calmándome. Recordé que aunque el temblor me agarrar estando sola, no lo estoy en el fondo, pero como decía un viejo amigo.. "a la hora de una enfermedad y un temblor es que los salvadoreños vemos quién es quién". Tan sabias sus palabras.

3 comentarios:

Flor Aragón dijo...

Por tu relato acabo de entender un poco que el miedo a los temblores tiene mucho que ver con cómo lo viviste de pequeño, o si lo viviste de pequeño. Yo ya estaba adolescente para el del 86 y lo viví de otra forma, estaba en mi casa, acababa de regresar de la UCA. Y no recuerdo haber tenido miedo. Y ahora, en cada temblor o terremoto siempre guardo la calma. Soy una persona demasiado calmada para ese tema. Este lunes a Benjamín le dio un ataque de ansiedad luego del temblor, le costó un montón dormirse. Nunca había vivido un terremoto, y seguramente va a tener recuerdos feos de aquí para adelante; aunque estábamos todos juntos en la casa y eso.

Pero, sobre todas las cosas, recordarte que aunque no estemos allí en esos momentos, tus amigos estamos alrededor tuyo. Siempre. Un abrazo, Karla.

Mayra Eugenia Alvarado M dijo...

Para mi siempre es tan agradable leerte. Y me alegro tanto cuando escribís algo...porque digo ve!! la KR sigue ahí...Pues creo que es uno de los costos de tomar la decisión de vivir sola verdad..sentí algo similar...es sensación de no saber a dónde recurrir...y de no irrumpir donde no se puede!!

KR dijo...

Gracias lindas, gracias por el cariño y la compañía que me dan, en las buenas y en los sustos.