martes, 14 de enero de 2014

Administrar un hogar.

En mi experiencia vivir sola... ahora medio sola (porque tengo la compañía de Gabriela y de Miguel cuando al fin aterrizan en esta casa) lleva a enfrentarse a problemas cotidianos que no resolvemos cuando vivimos en casa de nuestros padres. 

Durante años llevé la carga económica de la casa paterna, es decir... pagaba casi todo, pero nunca resolvía pequeñeces. 

La primera vez que me mudé a vivir sola tenía 25 años y el primer problema que enfrenté fue el día en que se me acabó el tambo de gas. Sentí interminable el recorrido de mi casa hasta la tienda donde lo vendían (y que no tenía servicio de entrega a domicilio). O como la vez cuando la caja de fusibles de la segunda casa donde viví sola estalló y a parte de asustarme mucho, me dejó sin energía eléctrica durante dos días. 

En este episodio de mi vida me enfrento a dos problemas serios: ratones y la refri (que se volvió a arruinar).

Problema número uno:
Les conté que tenía un par de huéspedes y que intente deshacerme de ellos por la vía de ingesta de veneno, pues no funcionó. Peor aún, como me dijo un día Gabriela, en tono de broma, más parecía que les gustaba y sospechamos que tomaron el raticidio como una afrenta y siguieron trayendo a sus amigos y parientes. El colmo llegó ayer. Cuando regresé de hacer las compras semanales del supermercado encontré al señor ratón parado justo en medio de la cocina, cuando me vio, en vez de espantarse y correr como despavorido, al contrario se paró en dos patitas y hacía gesto de querer husmear qué traía en las bolsas... como diciendo... "mmmm... qué traes ahora para que lo rompamos y nos lo comamos".

Debo comprar una trampa. Estoy decidida. No me gusta matar animales, nunca ha sido una gracia quitarle la vida a los animalitos, no importa de qué clase sean, me gusten o no. Pero es claro que tienen que irse y no logré espantarlos con el método 1. Hoy iré a comprar la trampa. 

Problema número dos:
La refrigeradora. Como este asunto de mudarme me agarró desprevenida, cuando vine a aterrizar a esta casa vine con lo necesario, es decir: ropa y libros. Nada más. Poco a poco fui haciéndome de algunas cosas: el día que me mudé Miguel me acompañó a comprar una cocina de mesa, el tambo de gas me lo donó mi papá y fui cliente frecuente de la tienda morena, la sucursal del mercado central, durante un mes, comprando cacerolas, platos, vasos y lo necesario para tener una vida en San Salvador. 

Obviamente quedaron relegados otros lujos, no tuve un sillón decente hasta noviembre pasado, dormí en un colchón prestado durante los primeros tres meses y pasé sin refrigeradora dos meses.

La refri llegó como caída del cielo, me la donó Camilo, amigo de mis antaños tiempos de anarquista universitaria, solo pagué una pequeña reparación y ya... pude alimentarme más y mejor.

Lastimosamente al día siguiente de quedarme sin trabajo se arruinó. Simplemente decidió que no quiere congelar, no produce hielo, pasa fresquito y medio se conservan verduras y frutas que aguantan climas templados pero no sobreviven carnes, lácteos y otros menesteres. 

Con Gabriela entramos en depre, todo parecía mal. Todo. Como somos un par de fatalistas le dije en una madrugada, cuando ella vino de su trabajo que eso de ser pesimistas y fatalistas no era bueno, que durante años me había enfrentado a pequeñeces peores y he sobrevivido. "¡Tenemos que ser machas!" fue nuestro grito de guerra. 

Administrar una casa no es lo mismo que administrar un hogar. Es distinto. A mi se me podrá arruinar una refrigeradora, enfrentarme a una inundación en la segunda planta y amanecer rodeada de agua, podré tener un accidente de tránsito, podré no tener más que un sobre de sopa maggi para el almuerzo, pero eso no hace que se desquebraje mi impulso de tener una vida mejor. Administrar una casa es pagar cuentas, administrar un hogar es saber qué hacer a la hora de una emergencia, con quién contar y ser feliz con lo que se tiene. Siempre buscar algo mejor, también.

Administrar una casa se hace con el cerebro, administrar un hogar se hace con un poco de corazón y otro tanto de entrañas. Por supuesto, son complementarios, esta no solo es una casa, es un hogar. 

Las cosas van mejorando... mucho de hecho, ahora iré a comprar una trampa para los ratones, este día vendrá un técnico a ver si puede hacer algo por resucitar a nuestra refri... y ayer me dieron un nuevo trabajo. 

1 comentario:

Edgar Rosas dijo...

Con un nekito se resuelve el problema de nezumis :p