viernes, 4 de marzo de 2011

El diluvio

Me pasa que a veces soy como Fernanda del Carpio, en Cien Años de Soledad, la mujer terriblemente desdichada y amargada para la cual siempre estaba lloviendo, su vida había sido un interminable diluvio más allá del torrencial período acuífero en Macondo, para ella... la vida era gris, oscura y profundamente húmeda, donde parecía que los peces iban a entrar por las ventanas flotando en el aire.

Me pasa que hay días que así me siento, como ayer...ayer no quería sentir nada... admiré y envidié profundamente a las amebas emocionales, no sentir nada: no inmutarme, nada de tristeza, ni alegría extrema, ni conmociones, ni enojo, ni furia, ni cansancio, ni cólera, ni dolor, ni nada de nada... no sentir.

La idea esa que tuvo García Márquez y los patriarcas ancestrales sobre un diluvio universal no es tan disparatada después de todo. Qué no son las emociones, sino más que mera agua que fluctúa, corre, cae y se vuelve turbia, que no deja de caer del cielo y ahoga todo a su alrededor...

Yo tengo una semana de estar en un diluvio. Aunque para otros los días son soleados y calurosos, para mi son grises y fríos, me ha tocado poner cara de "radiante" para que no sospechen las buenas personas que yo soy otra Fernanda del Carpio, en el fondo es porque en verdad me da miedo ser como ella, yo prefiero ser su antítesis y aprender a vivir como la Petra Cotes es uno de mis objetivos más recientes.

No tuve más remedio que cortarme la pata.

He comprobado que hay dos soluciones para mis estados melancólicos crónicos: o me viene bien escribirle a alguna persona para contarle que estoy triste, para hacer gala de mi verborrea distémica y decirle que odio al mundo y su impertinente manera de exigirme felicidad hipócrita, para esto solo tengo dos personas a las que puedo enviar este tipo de cartas. Como a uno de ellos le gusta escuchar mas soluciones que problemas, pues mi solución radica en escribirle. Punto. Luego me quedo más liviana, me queda el ánimo como queda el día luego de una graaaan tormenta: fresco, como con brisa tan húmeda que logras sentir diminutas gotas de agua flotando y chocando contra tu cuerpo a medida que avanzas. La segunda solución para mis ataques depresivos es escuchar música.

¿Qué ha pasado este día luego de este diluvio descarado?

A las 5 a.m. recibí una carta, no la esperaba... hasta me sorprendió! Y desde ese momento, esta canción se quedó pegada en mis oídos.



Por más que reniegue, que diga, que patalee... me gustan los diluvios, salgo a caminar, me mojo y recuerdo que tengo un oído y un hombro (que no son míos) para cuando lloro. Gracias usté...

4 comentarios:

Roberto dijo...

Ahhh! Fernanda! De repente yo tambien me identifico con los personajes. Yo siempre quise ser Mauricio Babilonia por sus mariposas amarillas, pero hay dias en los que me encuentro amargo como Amaranta (menos la virginidad) y otros dias libre como Remedios la bella... tengo dias de no leer el libro... a lo mejor lo haga de nuevo. Animo amiga!!

KR dijo...

Yo he ido a la librería a comprar una copia, la mía, aquella legendaria edición con notas mías en tinta verde murió.

Por mi parte quiero ser como el coronel, morirme en el proceso vicioso de construir pescaditos de oro o ansío ser como Meme en sus días de adolescente desfachatada, una vez alguien me dijo que soy la versión femenina de Gerineldo Márquez... no sé... ¬¬

iba pasando dijo...

Aureliano el triste, definitivamente.

KR dijo...

Mi antropófago favorito!!