miércoles, 31 de julio de 2013

Treinta y ocho años de matanzas

Ayer leí una noticia que me impactó... supuestamente... un tipo, en un arranque de intolerancia le dio tres tiros de 38 mm a un motorista de la 42B.

Los crímenes en este país es lo que más abunda, a veces  ni me dan ganas de abrir los periódicos o ver las noticias para no ver tanto asesinato, si... a veces es porque soy distraída que no lo hago, pero otras soy consciente de no querer saber. 

A partir de la noticia me quedé cavilando en muchas cosas, entre las muchas pensé en las personas que están en mi rango de afecto, pensé en su seguridad, pensé que habitualmente usan esa ruta de microbuses, pensé que yo también paso por ese lugar todos los días, que la vida es tan frágil, que (como dice Miguel) no hay que andar peleándose con nadie, muchas cosas... 

Luego pensé en las personas que comentan las noticias en la página web de los rotativos, todos piden sangre, "treinta balazos deberían haberle dado", "ganas de tomar la justicia por mi cuenta me dan, cuídense que voy a andar el cuete listo", "son unos animales... merecen eso y más". 

Pensé en la familia del asesinado. ¿Y si leen esos comentarios? ¿qué sentirían? ¿qué pensarían?

Varias veces, un par de personas a las que quiero y respeto han dicho que quisieran exterminar mareros. No los entiendo cuando dicen eso, porque nunca me imaginé que esas palabras salieran de su boca. Claro, comprendo que hay toda una situación de impunidad y desbordamiento de la violencia que lleva a estas reacciones. No los juzgo, es lo que sienten, pero no lo comparto. 

¿Cuándo dejamos de ser humanos? ¿cuándo la tolerancia nos abandonó y solo nos dejó la compañía de las reacciones viscerales?

No solo es el que tiene un "cuete", somos todos, los que pedimos sangre, los que no pensamos mas allá de una situación, no vemos la raíz, no vemos el origen o simplemente nos hemos abandonado a la conformidad y palabras como rehabilitación, prevención, educación ya no son una opción. 

Luego lo recordé, ayer era la conmemoración de una masacre en mi país, hace treinta y ocho años alguien pensó lo mismo... "balas merecen", "así van a aprender", "a todos los deberían de matar". Por supuesto, la situación, las víctimas y los victimarios eran distintos... pero eran las mismas palabras. Las mismas. 

No defiendo el crimen, lo que no logra comprender mi corazón es la infinita carencia de humanidad. Supuestamente se dio un conflicto social para cambiar a las personas que gobernaban en base a la represión, atrás de una pistola apuntando a un joven, atrás los instrumentos de tortura, se quiso que esos hombres dejaran de gobernar y ahora muchos desean hacer lo que ellos hicieron una vez. ¿Cuándo nos perdimos?

Puede argumentárme todo lo que quiera... el sistema de justicia no sirve, la pobreza arroja a las nuevas generaciones a caminos fuera de la ley, las familias son las culpables, no... los maestros... no... todos... no... nadie... Pueden decirme que es culpa de los políticos. Es casi seguro que ante muchos de sus argumentos esté de acuerdo y reconozca algunas barbaridades desde las cúpulas. Pero nadie puede quitarme este sentimiento feo que nace de pensar que como siempre,  desde siempre, como diría Rubén... "no todos somos iguales", pero lo terrible es que nos vamos pareciendo a los que tanto daño hicieron en las dictaduras. 

Treinta y ocho años después siguen habiendo desaparecidos, violaciones, homicidios a plena luz del día, torturas, los más afectados son los jóvenes... solo que ahora no solo podemos ser víctimas, también podemos ser los victimarios. Solo que ahora estamos sumergidos en la indiferencia, en la indolencia... en la pasividad.


1 comentario:

Edgar Rosas dijo...

Me revuelve el estómago la comparación de un marero con un estudiante universitario.

Pero así son los humanistas, creyendo que los humanos tienen solución.

Hay que saber cuando un caso está perdido.

Tuve un amigo estadounidense de buen corazón, que se jubiló y se vino a vivir al nuestro país porque le gustaba, fue a vivir a una colonia popular, se hizo amigo de los mareros para aconsejarlos, escucharlos, ayudarlos, becarlos. Lo mataron dentro de su propia casa y posteriormente robaron todo lo que pudieron.