miércoles, 15 de agosto de 2012

Monseñor Romero

Como con casi todos los personajes que admiro, siempre me gusta saber el momento exacto en el que los encontré en mi historia. Fue en mi confirmación, porque a mi mamá, un domingo que andaba por la iglesia El Rosario, pensó que era buena idea confirmarme por si se me ocurría morirme, porque de bebé tuve esa insistente tendencia a quererme ir de este mundo, así que... con su sobrina... a la que puso de mi madrina de ese sacramento, entró y escuchó la charla que tenía que escuchar y tas, que me confirmó él.

Luego supe (conscientemente) de Monseñor Romero casi al mismo tiempo que Roque, es decir, desde muy niña, vía paterna, pero por ser una figura eclesial no me llamó tanto la atención, sabía de él, sabía que mi papá casi muere el día de su entierro y que mi madre y yo nos salvamos de la experiencia gracias a que mis papás se pelearon por alguna tontera (como sigue sucediendo hasta estos días) y nosotras nos fuimos al parque infantil y él se fue a catedral.

La educación jesuita fue la que me proporcionó la oportunidad de conocer más y mejor la historia de Monseñor Romero. Adonaí Cortez se aseguró que me dedicara un mes completo en su clase de formación cristiana a leer sobre él, luego me quedó la costumbre y siempre buscaba saber más de él. Lloré el día que vi por primera vez "Romero", donde Raúl Julia nos daba un retrato a grandes brochazos de este hombre. Por supuesto no me gustaron algunas cuestiones cinematográficas, pero esa es maña mía.

Esta sangre que corre por mis venas enardecía (y a veces sigue enardeciéndose) cuando escuchaba o leía sus homilías y (aunque alguien me regañe luego) me atrevo a decir que fue, antes de Funes, el último generador de opinión en nuestro país y además, fue el último cura por el cual yo hubiera podido seguir ejerciendo el catolicismo desde esa línea dura. Pero no, él está muerto, tal cual mi fe y mi esperanza en la iglesia.

Pero digo yo, que al menos en un tiempo lo tuvimos, solo tres años en realidad, pero lo tuvimos, es mejor que nunca haber tenido nada, porque la nada es horrible, es como un hondo agujero negro donde la dignidad se pierde.

Un día, hace 95 años nació este hombre, fue muy pobre siempre, fue muy rezador desde siempre y aunque no siempre estuvo claro de lo que pasaba en la realidad, se ganó el amor en solo tres años, lo que más me gustó... a parte de sus mensajes... es que se dio cuenta, despertó digamos... luego de amar tanto a su amigo, a su pana, a su uña y carne, el que siempre le decía que despertara... hasta que lo mataron... Rutilio Grande, otro de esos salvadoreños desperdigados en esta historia y su muerte fueron los detonantes para que Óscar se diera cuenta que vivía en el pecado mortal de no saber qué le sucedía a su país. 

Hoy, después de esos 95 años muchos siguen en el pecado mortal de no saber qué sucede con este territorio al que pertenecemos.


 Penúltima homilía de Monseñor Romero, 23 de marzo de 1980


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